CAP en Prensa

Programa SIN PERMISO - CAP (jueves 12 de mayo 2011)


Programa SIN PERMISO - CAP (jueves 05 de mayo 2011)


Programa SIN PERMISO - CAP (jueves 28 de abril 2011)


Programa SIN PERMISO - CAP (jueves 21 de abril 2011)



Una oportunidad histórica

Por Fernando Melillo

Lo que sigue es una reflexión desde la acción. Pensar desde allí la política por venir implica pensar en el porvenir de la política en la Argentina o, dicho de otro modo, en los distintos alcances de la praxis política sobre el presente y futuro de nuestra sociedad.
Si la reflexión intelectual nos lleva, como en América Latina y todo el mundo, a la búsqueda de nuevos paradigmas, el análisis político sobre la coyuntura que se abre nos convoca a dilucidar algunos dilemas o encrucijadas propios de la realidad argentina en curso y desarrollar estrategias y tácticas para lo que viene.
Plantear así las cosas resulta hoy pertinente, pero especialmente posible y necesario porque, tanto debido a logros de la gestión de Néstor Kirchner como a situaciones del contexto económico y político mundial y regional, la política ha recuperado la capacidad de tener autonomía, plan e iniciativa en condiciones favorables como tal vez nunca antes se registraron en nuestra historia.
Aparece entonces aquí el que podemos considerar el dilema “padre” o la encrucijada “madre” de dos caminos que, sin ser necesariamente antagónicos, implican diversas opciones de corto, mediano y largo plazo. Una primera manera de plantearlo es dilucidar, más allá de los resultados electorales de octubre próximo, si el período que se abre simplemente consolida la restauración operada en el ciclo corto de la crisis de 2001 hasta nuestros días. Es decir la capacidad del sistema político para garantizar la gobernabilidad económica e institucional perdida en aquel momento, cuya perspectiva se agotaría, eventualmente, en la sucesiva alternancia de “políticos” en el gobierno. O bien, si operando en relación al ciclo largo iniciado con la dictadura de 1976, vamos hacia políticas públicas de mayor profundidad y reconfiguraciones de alianzas político sociales con vista a un nuevo modelo de país.
Aunque, como dijimos, no podemos considerar que estas sean opciones polares o maniqueas, en realidad suponen decisiones profundas y estructurales que, en el fondo, esconden la verdadera discusión ideológica del siglo XXI, según como se expresa en nuestro país.
Presentemos, entonces, el mismo dilema de otro modo: cambiar la matriz de distribución del ingreso; construir una estatalidad potente; dar la batalla cultural contra la banalidad, el cortoplacismo, la fragmentación y el individualismo; no son temas que se resuelven con una razonable gestión macro y micro económica, decisiones incrementales, pequeñas mejoras en la gestión de políticas públicas o un eficaz armado político electoral. En realidad, esto supone transformaciones sustanciales en el plano de las ideas y las decisiones políticas, que sólo pueden ser llevadas a cabo con la construcción de una coalición social capaz de dar sustento a cambios de esa envergadura y de una fuerza política nacional, popular y progresista, que la represente acompañando y retroalimentando al gobierno que las ejecute.
Vemos, avanzando en el análisis, que la variante del “ciclo corto”, toma la restauración de la gobernabilidad política y económica perdida en el 2001 como techo y es, por lo tanto, conservadora; en tanto que la del “ciclo largo”, si contamos a partir de 1976, supone contenidos de cambio más profundos y progresistas, además de un pensamiento y una práctica política mucho más exigente y, sobre todo, autoexigente.
Partimos del convencimiento que la destrucción y regresión sufrida entre 1976 y 2001 es de tal magnitud que no avanzar implicaría retroceder. Eso pretenden quienes detrás de una demanda de “mejor calidad institucional y republicanismo” apuestan a mantener la actual matriz socio económica que favorece la concentración de la riqueza en sectores reducidos de la sociedad. Es decir, consolidar la gobernabilidad económica y política lograda con posterioridad a la explosión del 2001, realizar algunas modificaciones parciales de carácter estético y alinear nuevamente los intereses del país a los centros de poder que dan sustento intelectual, político y económico a un modelo basado en la exclusión de grandes sectores de la población y la consecuente “impotencia” de la democracia.
Nos alineamos, en cambio, con aquellos que expresan una profunda voluntad de cambio y transformación a partir de los logros en términos de gobernabilidad conseguidos en los últimos años. Este cambio supone una apuesta a una mejor distribución de los ingresos y la riqueza, con foco en la plena inclusión social, que incorpore el acceso igualitario a la salud, la educación y la cultura, además del aumento de la participación de los asalariados en el producto bruto interno, avanzando en políticas sociales y de desarrollo humano de carácter universal; y a la reconstrucción y consolidación de un Estado con autonomía plena para defender los intereses nacionales, con capacidad de gestión y poder regulador.
Establecida la disyuntiva central, una mirada que intente aportar a la acción política concreta supone tener en consideración estrategias, tácticas, correlaciones de fuerza y características de los actores, fuerzas o intereses en pugna.
Una visión simplista nos muestra que un énfasis exagerado en la gobernabilidad puede desembocar en “conservadurismo” y frustrar un cambio profundo; por el contrario, una apuesta a grandes transformaciones desde la gestión sin soportes políticos sólidos, que hoy no existen, pueden debilitar la gestión y generar en el futuro una alternancia regresiva en lo económico social y la pérdida de una oportunidad histórica de cambio político.
Más allá de lo esquemático que resulte lo antedicho, queda claro que existe una relación dialéctica entre capacidad de cambio y calidad de la política, tanto en su expresión partidaria, social o corporativa, como en su dimensión institucional que abarca los tres poderes del Estado en todos sus niveles. En este sentido, conviene resaltar que recién estamos en los comienzos de la reconstrucción de la política como capacidad de mediar, proyectar, organizar y articular. Aún teniendo en cuenta las condiciones favorables que señalamos al comienzo, persiste una evidente debilidad, fragmentación y desestructuración de los actores políticos y sociales y, en especial, los del campo popular en relación a la magnitud de la tarea pendiente.
Simplificando otra vez, diremos que hoy no estamos juntos ni organizados los que pensamos parecido y defendemos los mismos intereses, por un lado; y por el otro, que los matices y las tensiones signarán tanto la gestión de gobierno como el comportamiento de los diversos actores “oficialistas” y “opositores” (el entrecomillado obedece a que los rumbos determinarán, como ha venido ocurriendo, aún más realineamientos, como quedó plasmado en las opciones electorales del 2003, 2005 y 2007).
No parece productivo aquí detenernos a caracterizar a los enemigos de este proceso de cambio. Alcanza con señalar que hoy, débiles en su oferta electoral, mantienen intacto su poder económico y su capacidad de influencia mediática y cultural. Pero como siempre es más difícil construir o cambiar que destruir o conservar, queremos dejar planteadas algunas cuestiones que nos parecen ineludibles para quienes creemos que es el momento de avanzar hacía una nueva fuerza político social de síntesis para el siglo XXI.
En primer lugar, en la esfera de lo político partidario aparece como necesario ir generando espacios, para comenzar, de enlace y articulación y luego de pertenencia, encuadramiento y práctica más colectiva en torno a ideas, valores e intereses comunes, superando las múltiples constelaciones de agrupamientos generados desde y para el cargo en torno a personalidades de mayor o menor fuste. Las vanidades y ambiciones personales solo se sintetizan en una hoguera y el agrupamiento “ex” y “pro cargo” sólo reproduce macro y micro clientelismo. Si bien lo antedicho se manifiesta con mayor crudeza en quienes formaron parte de los intentos de generar terceras fuerzas alternativas al bipartidismo, también afecta –en forma atenuada por el efecto galvanizador del ejercicio del poder ejecutivo nacional o provincial- en lo que otrora fueran los grandes movimientos de masas, el peronismo y el radicalismo (y sus multifacéticas democracias partidarias del PJ y la UCR).
En segundo lugar, complementando, potenciando y de algún modo controlando lo anterior, debe avanzarse en el protagonismo de los excluidos y desocupados tanto a través -con recuperación del trabajo registrado- del fortalecimiento y democratización de las estructuras sindicales, como por la propia unidad de los movimientos sociales que les permita fortalecer su presencia y participación en las grandes y pequeñas decisiones políticas y de gestión pública estatal.
En tercer lugar, habrá que prestar atención a un viejo pero recurrente problema, hoy especialmente vigente, que es el de la relación y el establecimiento de puentes culturales y políticos con los sectores medios de la población, especialmente en los grandes núcleos urbanos. La construcción de la necesaria hegemonía (no del bastardeado hegemonismo), entendida como consenso socialmente mayoritario en torno a un determinado rumbo, exige hacia esos sectores una especial atención toda vez que son cuantitativa y cualitativamente imprescindibles para un política de cambio y al mismo tiempo especialmente permeables a operaciones de construcción de opinión pública que los alejan de los sectores populares y los transforman en base de maniobra de las viejas y nuevas oligarquías.
Para poder avanzar en el camino propuesto podemos nutrirnos en la memoria de viejas epopeyas, pero no recurrir a, hoy improcedentes, nostalgias metodológicas y simbólicas. La globalización, los cambios tecnológicos, los impactos de éstos en el trabajo, la vida cotidiana, la organización social, la comunicación masiva y aún la intercomunicación personal, afecta a todos los habitantes del planeta -aunque obviamente de manera distinta- La condición humana ha demostrado que la subjetividad individual y la subjetividad comunitaria siempre están interrelacionadas y por lo tanto establecen nuevas condiciones que es necesario comprender y atender para la construcción política.
Miles de mujeres y hombres pensamos que existe hoy una oportunidad histórica para nuestra patria y un “cierto malestar” recorre la militancia ante la falta de espacios donde participar y debatir. Pero como el dónde y el qué debatir son algo así como el huevo y la gallina, queremos aquí aportar algunas ideas sobre el qué discutir. Para que entre todos construyamos el dónde y el cómo.

Revista Umbrales de América del Sur agosto – noviembre 2007




Para aportar más, la izquierda debe recuperarse a sí misma.

Hablar de izquierda en Sudamérica no es tan sencillo. Así que, como alguna vez se utilizó en la política mundial el concepto de socialismo “realmente existente” para denominar al que gobernaba y había desarrollado procesos revolucionarios concretos distinguiéndolo del que solo existió en la “pureza” de la teoría, aquí me referiré también a la izquierda sudamericana “realmente existente”. Esta Izquierda hoy gobierna gran parte de nuestro continente. Pero atención: no “existe realmente” porque gobierna, sino que llegó a gobernar porque antes existió realmente.
Esta disgresión vale, a los fines de este artículo, porque en términos históricos el orden de los factores sí altera el producto.
En ese sentido, convocado a reflexionar sobre si la izquierda sudamericana tiene aportes para realizar diría taxativamente que sí, y que ya los está realizando. Hasta aquí, como veremos, existe un importante consenso.
Concretamente está aportando desde la gestión, en primer lugar, en relación con la recuperación de la institucionalidad democrática. Pensemos que luego de décadas de golpes de estado, dictaduras, y derrumbes de gobiernos surgidos del voto popular, nos encontramos hoy con un escenario en el cual la mayoría de sus países tienen gobiernos democráticamente elegidos y que tienen continuidad por legitimidad normativa y de resultados. Del mismo modo, se afirman desde el estado nacional perspectivas de autonomía e integración regional que confluyen en el escenario mundial con la irrupción de China e India permitiendo la construcción de una geopolítica multipolar que revierta la dominación unilateral prevaleciente tras la caída del Muro y el derrumbe del bloque otrora hegemonizado por la ex URSS. Así, en nuestros países se ha modificado la posición de subordinación respecto a las “recetas”, lineamientos o mandatos que anteriormente les imponían las potencias hegemónicas operando sobre organismos y acuerdos internacionales. Basta recordar a modo de ejemplo la Cumbre de Mar del Plata donde sucumbió el ALCA o la de República Dominicana donde se repudió la reciente agresión de Colombia a la soberanía de Ecuador.
A su vez los “vientos favorables” de la economía mundial han sido proactivamente aprovechados aumentando la orientación pública estatal con políticas neodesarrollistas que en algunos casos al menos ha frenado el deterioro en la distribución de los ingresos, en otros han comenzado a revertirlo, pero en todos ellos se ha construido una plataforma que torna posible la vuelta a la movilidad social ascendente.
Son logros indiscutibles sobre los que podríamos extendernos o simples tareas nacionales democrático-burguesas, como diríamos promediando el siglo pasado cuando la utopía marxista tenía aún plena vigencia en el pensamiento de los movimientos y partidos populares.
Tareas imprescindibles, diremos aún hoy, tras la globalización signada por el capitalismo financiero que concentró a escala mundial la riqueza, condenando a la miseria a miles de millones de seres humanos, destruyendo los estados nacionales, fragmentando aún más las sociedades, colonizando la escena y el debate publico.
No es menor remarcar que todo ello en la región ha sido posible porque los movimientos, partidos, coaliciones que los realizan y los dirigentes que los conducen han construido sus trayectorias políticas abrevando en los distintos matices de izquierda y centroizquierda latinoamericana.
Ni el rol fundamental de Brasil sería el mismo sin el PT y sin Lula, Chavez podría haber sido un populista de derecha como Uribe y no ser el bolivariano que es, y los Kirchner sin duda tenían otras improntas posibles desde el peronismo, diferentes a la claramente de centro izquierda que los orienta en el discurso y la gestión pública. Y así podríamos seguir con la Bolivia de Evo Morales, Rafael Correa en Ecuador, el Chile de la Concertación o el Frente Amplio en Uruguay, entre otros, todos con especificidades dentro de un denominador común.
Ahora bien, tan necesarias como insuficientes son estas tareas en relación al mandato principal de la izquierda: la construcción de una sociedad igualitaria. Especialmente si tenemos en cuenta que hoy el mundo es más injusto que nunca en términos absolutos, cuando miles de millones de personas tienen negado el efectivo acceso a los bienes y servicios esenciales.
Así las cosas, la izquierda latinoamericana puede realizar un gran aporte resolviendo la doble encrucijada en que se encuentra. Por un lado la resistencia del viejo orden establecido y por el otro las demandas surgidas e instaladas como un nuevo piso por los mismos cambios que promovió.
Para que el ciclo que se inicia con el siglo XXI tenga sentido estratégico y trascendencia histórica, para evitar que la humanidad vea su destino ensombrecido por los poderosos y de algún modo irracionales intereses del capitalismo global, la izquierda debe comenzar por volver a sí misma, recuperando, adecuados a los nuevos tiempos, atributos fundamentales que caracterizan el “ser de izquierda”. No alcanza con enfatizar desde Latinoamérica en la necesaria redistribución de los ingresos como no alcanza en Europa, más allá del positivo aporte a la multipolaridad, una perspectiva que se agote en temáticas relacionadas con las libertades civiles, la igualdad de género y cierta mayor benevolencia con los inmigrantes de países pobres.
La posibilidad de nuevos aportes presupone poner en el centro del debate la necesidad de recuperar una mirada civilizatoria humanista, universal. Al estar en el Gobierno ser capaces de gestionar la coyuntura y al mismo tiempo ejercer la reflexión y la crítica.
Volver del simple pragmatismo a la idea más fértil de praxis para que la acción sea orientada por un análisis teórico profundo que dé cuenta de las nuevas condiciones objetivas y subjetivas, tanto en lo que hace a los medios de producción y sus actuales modos de organización, como en lo que hace a la construcción de subjetividades.
En este sentido, al tiempo que se retoman las grandes causas en el plano de la igualdad económico-social y de la distribución con equidad del poder y del conocimiento, la izquierda latinoamericana debe, superada la capitis diminutio que tenía respecto a la derecha sobre su propia capacidad de gestionar el Estado eficientemente, adentrarse en los problemas de construcción de poder, o hegemonía en el sentido gramsciano. Es aquí donde aparece la cuestión de los sectores medios, en particular pero no exclusivamente los urbanos, y de cómo sumarlos al bloque histórico de cambio junto a los sectores populares.
En nuestro continente, donde coexisten condiciones de vida cuasi medievales junto al “imperio de lo efímero” y la hiper-abundancia en el fluido continuo de la “modernidad líquida”, conviene prestar atención a algunas observaciones de Zygmunt Bauman. Señala dicho autor que el mundo “líquido” de la modernidad se ha transfigurado, no en el sentido en que Marx hablaba de “derretir los sólidos” - de hacerlos menos resistentes a los cambios para generar una dinámica que diera lugar a la construcción de nuevos sólidos- sino que ha ido más allá dando origen a un nuevo orden donde todo es leve, inconstante. En esa licuefacción los individuos han perdido sus grupos de referencia y sus parámetros para la construcción de identidad. Eso originó una mutación de los mecanismos de relación con el trabajo y, consecuentemente, con la comunidad.
Si la vida de las personas fluye líquida, confundiendo o superponiendo su realidad con el ritmo vertiginoso del minuto a minuto de los medios de comunicación, ¿cómo articular diversos intereses, diferentes necesidades, muchas veces derivados de un antagonismo que es cultural más que económico?.
Hoy las diferencias económicas y sociales confluyen con una elaboración subjetiva del lugar que se ocupa en la comunidad mediatizada.
En el plano político esto se traduce en una pregunta: ¿cómo se construye hegemonía en ese nuevo marco de múltiples comunidades fragmentadas, con un sistema de identidades disuelto?.
No hay una respuesta única para la diversidad social, económica, institucional, étnica, que nos caracteriza desde el Río Bravo en México hasta la Tierra del Fuego en Argentina, pero en todos los casos el lenguaje, la cultura, los medios de comunicación interactúan en la construcción de subjetividad incidiendo en los alineamientos cultural-políticos y los entramados sociales de un modo tal que no podemos ignorar, ni encorsetar en el falso y superficial dilema “populismo versus institucionalismo”, ni mucho menos pretender resolver favorablemente con el simple armado de maquinarias clientelísticas o atajos publicitario-electorales.
Ser de izquierda supone la finalidad de un colectivo humano desarrollado, pleno y feliz, pero la consecución de esos fines requiere también de medios políticos, sociales, institucionales que permitan, estimulen, la participación de colectivos con intereses, visiones, demandas y orientaciones comunes.
En ese sentido, desde el problema del hambre hasta el desarrollo ambientalmente sustentable, desde las cuestiones de género hasta la accesibilidad de las nuevas tecnologías, requieren pasar de la fragmentación hacia la articulación de la diversidad detrás de un proyecto compartido.
Frente a lo que parecía un triunfo de la derecha, que siempre ha sido inteligentemente adaptativa y fagocitadora de la creatividad ajena, el mundo necesita de una izquierda que recupere su “autoestima”. Ser inteligentemente creativa para dotar de un arsenal renovado de lucha política a su perenne espíritu de rebeldía ante la injusticia.
Tal vez deberemos aprender a indagar más en las profundidades de la condición humana que a confiar en la inexorabilidad de las leyes históricas. Ser vanguardias en sentido lato: grupo que se adentra en lo desconocido.
La izquierda latinoamericana tiene hoy una oportunidad, depende de nosotros que no se frustre.

Revista Umbrales de América del Sur noviembre 2007



Los tres campos de batalla

Falta menos de un mes para que libremos la, tal vez, más importante batalla electoral desde la recuperación de la democracia. Importante – no apocalíptica, tampoco fundacional – porque se libra en tres campos simultáneamente.
Esos tres campos son: primero el más evidente, mediático y obvio, el de la lucha por el poder institucional legislativo democrático. Sobre la relevancia de este campo coincidimos todos, oficialistas y opositores, con las lógicas diferencias respecto a su impacto sobre el tramo de gestión 2009/2011 y lo que se prefigura para la futura elección presidencial. Hasta aquí estaríamos frente a una elección equiparable a las del 85, 93, 97, 2001, 2005 (en el 87 y el 91 también se eligieron gobernadores). Sin embargo esta elección se distingue si agregamos el segundo campo de batalla, el de la confrontación de modelos económicos - sociales. El nuestro está claro, con hechos y con palabras desde el 2003: prioriza la presencia del estado, la producción y el empleo, la inclusión social, el sistema público previsional y de salud, el desarrollo educativo técnico y científico, la articulación regional, la multipolaridad mundial, etc. Sobre este campo de batalla con divisorias nítidas como nunca antes desde el 83, la oposición calla: unos porque no saben lo que quieren, otros porque saben que lo que quieren es inconfesable en público. Muchos analistas y comunicadores, por complicidad o negligencia, contribuyen a la oscuridad sobre este campo, importante en cualquier país, y fundamental en uno que como el nuestro sufrió en su estructura social la secuencia nefasta de la dictadura, los años 90 y las crisis del 2001.
Esta secuencia y su culminación nos arrima al tercer campo de batalla, el más difícil de definir, de comprender, pero que está omnipresente en el escenario público preelectoral, en las conversaciones privadas de dirigentes y militantes, en el sentimiento o el resentimiento del ciudadano de a pié, se anime o no a “participar” enviando un mensaje a alguna emisora radial. Es el campo cuya situación hoy podríamos denominar, extrapolando a Freud, como “el malestar en la cultura (política)” es el campo donde se decide el sentido y la función de la política en nuestra sociedad. Comencemos por lo elemental: la función básica de la política es conectar los dos campos anteriores, el de la batalla por el poder institucional democrático con la opción por un determinado modelo económico - social.
En ese sentido, el pensamiento y la acción política de despliegan (con conciencia o no de ello) en dos dimensiones que podríamos caracterizar como la representativa y la pedagógica. La primera abarca desde la representación de sectores sociales a la de sistemas de ideas, valores, incluso simples prejuicios; la segunda no representa directamente sino que interpela, enseña, propone un camino, dirige, organiza para un fin, conduce.
¿Este campo de batalla estará presente el próximo 28 de junio? Creemos que sí. Como oficialistas estamos vinculando claramente la elección de bancas legislativas con la defensa y profundización de un determinado rumbo en materia de políticas públicas. Representamos intereses y sectores sociales concretos. Hacemos y proponemos un camino diferente de lo “políticamente correcto”. En este campo los opositores se dividen, por un lado la caricatura de la dimensión representativa de la política: encuesta, marketing y costosa publicidad para decirle a “la gente” lo que quiere escuchar. Demagogia populista de derecha. Por el otro lado la pedagogía política aristocrática: instrucción cívica para que los “pobres” no se dejen usar, apelación moral a que los “ricos” los salven. Coalición de “los mejores”.
El 28 se juega en los tres campos. A los argentinos nos falta mucho. Defendamos lo logrado con memoria y con proyecto. Pensando.

Diario Página 12 6 de junio de 2009


Tienen razón: Nestor y Cristina exageran

Dramatizar: Exagerar con apariencias dramáticas o afectadas algo con el fin de conmover o aumentar el interés. (Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe)

Dirigentes de la oposición respondieron a recientes declaraciones de Nestor “no volvamos al infierno” y Cristina “está en riesgo la estabilidad democrática” apelando a expresiones como: exageran, dramatizan, etc. Curioso por venir de quienes nos tienen sistemáticamente acostumbrados, ellos y sus corifeos mediáticos, a pontificar o anunciar catástrofes que van del descalabro al Apocalipsis.
Pero sí, esta vez estamos de acuerdo: efectivamente Nestor y Cristina dramatizan, exageran como dice la definición con el fin de conmover o aumentar el interés del pueblo en el camino a una batalla democrática, la del 28 de junio, donde los argentinos nos jugamos mucho.
¿Por qué de éste modo? Porque es una manera de penetrar el barullo multimediático baladí y cualunque (que no afecta sólo a la Argentina) donde todo se confunde, se mezcla y finalmente nada se entiende y mucho menos se comprende, donde como sociedad vivimos en una suerte de presente permanente, sin causas y consecuencias, sin responsabilidad histórica frente a acciones y decisiones, sin compromiso personal frente a las cuestiones sociales, sin compromiso social frente a lo que afecta a millones de personas.
Por eso junto a Nestor y Cristina buscaremos este 28 de junio, más allá del folklore democrático de candidaturas y marketing, el ejercicio del voto con memoria crítica y aprendizaje de nuestra historia.
Repasemos sistemáticamente momentos, opciones, dilemas de los últimos 40 años, para no ir más lejos, y sus enseñanzas.
Recordemos cuando en los 70 todos los argentinos, y en particular los que queríamos un mundo y un país más justo, tuvimos que sufrir la peor y más salvaje de las dictaduras para aprender la importancia de la democracia, sus tiempos, sus formas, aceptando sus posibilidades y límites.
Recordemos cuando en los 80 con el respetado (no endiosado) Raúl Alfonsín aprendimos que para una democracia que alimente, cure y eduque, por estas tierras, el Gobierno debe sustentarse en sólidas mayorías populares con predominio de la clase trabajadora.
Recordemos, en los 90, cuando un caudillo con raigambre popular cambia el signo del proyecto que lo encumbró y se subordina a los poderosos de adentro y de afuera.
Recordemos cuando, finalmente, llegamos a la terrible crisis económica, social, política e institucional del 2001, no sin antes haber puesto esperanzas en una alianza que se definió más por el “anti” que por un proyecto compartido.
No es banal este repaso para comprender que el 28 vamos a defender logros y un rumbo hacia un modelo que, lo sabemos mejor que nadie, está inconcluso. Por eso hay que defenderlo: cuando la distribución del poder, la riqueza y el conocimiento alcance a todos, el modelo -entonces sí completo- se va a defender por sí solo en la conciencia ciudadana.
Y los desprevenidos, por si acaso, miren a quiénes tenemos enfrente a la luz del repaso histórico anterior. Por un lado los millonarios que ni siquiera utilizan como máscara al caudillo político; son ellos mismos los candidatos y “auto financian” sus campañas de maquillaje y alquiler de simbología popular. Por el otro, los ahora reunidos por el civismo republicano anti K.
Vale la pena, entonces, dramatizar un poco si con ello evitamos que a mucha gente le pase, por dejarse llevar por los alarmistas de siempre que hoy pregonan moderación, lo que a las ovejas en la fábula del pastorcito y el lobo.

Diario El Argentino 12 de junio de 2009


Y por si esto fuera poco….

Vamos hasta el 2020 dijo Nestor Kirchner, y los de siempre se pusieron a despotricar, acusar, interpretar (y por dentro temblar).
Por supuesto, el argumento explicativo es “quieren perpetuarse en el poder”. Pero la verdadera razón de su temor es que siga y se profundice el cambio iniciado en el 2003.
Temen, detrás de la hojarasca y el ruido mediático, porque el rumbo de la gestión es cada vez más estructural y consistente en todos los planos: económico, social, político y cultural.
Por supuesto que necesitamos tiempo y continuidad para reconstruir lo que se destruyó en casi 30 años y establecer la plataforma de despegue del conjunto de la Nación, sus Provincias y su gente. Porque queremos más empleo de calidad, registrado y en blanco. Porque queremos a todos los argentinos con agua potable y cloacas en sus viviendas dignas. Porque queremos educación, ciencia y tecnología como igualación de oportunidades y como palanca de desarrollo productivo sustentable. Porque queremos un sistema que preserve la salud y, si la enfermedad llega, brinde la mejor atención a todos. Porque queremos una cultura que empiece en la autoestima individual, social y nacional para proyectarse en libertad, con energía y creatividad. Podríamos seguir, pero está claro. Hay mucho realizado y hay mucha agenda pendiente.
¿Pero por qué se desató el ánimo destituyente y la práctica obtaculizadora con el gobierno de Cristina?. Porque lejos de interesarnos simplemente “permanecer” en el poder nos interesa usar el poder que nos confirió democráticamente el pueblo, poniéndolo a su servicio.
Cristina, coherente con no abandonar las convicciones y con el cumplimiento de lo prometido en la campaña electoral profundizó el rumbo.
Sus tres medidas estructurales principales, reestatización de las AFJP, Ley de Medios y Asignación Universal por Hijo, pueden interpretarse con toda claridad como avances, actualizados, en el sentido de las tres banderas históricas del justicialismo: Independencia Económica, Soberanía Política y Justicia Social. Pero también pueden entenderse en “lenguaje progresista” como recuperación de la autonomía y la capacidad de intervención del Estado en la economía, como democratización del acceso a la información y libre expresión de ideas. Qué más calidad institucional puede significar evitar que el denominado cuarto poder se haya trasformado en un supra-poder entrelazado con los grupos económicos financieros concentrados. Junto a ello, y distribuyendo ingresos, qué mayor batalla contra el clientelismo y a favor de la transparencia que cobrar sin intermediación alguna la Asignación Universal por Hijo con la simple inscripción ante la Anses.
Hacemos estas aclaraciones terminológicas aunque parezcan redundantes para los que pensamos que el peronismo verdadero sólo puede ser progresista y transformador (revolucionario, decía Evita), así como que no hay progresismo que pueda ser tal sin base, identidad y calor popular.
Sin embargo a los enemigos de este Proyecto Nacional nos les preocupa sólo el rumbo del Gobierno, reafirmado una y otra vez. Los atemoriza aún más el ver que lo que comenzó con la firme decisión de un Presidente allá por mayo de 2003, hoy, más allá de los vaivenes de la veleidosa “opinión pública”, empieza a tener adherentes, anclajes sociales y expresiones más o menos orgánicas en una constelación de fuerzas que convergen en intereses e ideas, en logros y aspiraciones, conformando una base de sustentación que le da viabilidad y futuro frente al cambalache opositor.
Basta repasar algunos hechos de este marzo reciente. Nestor Kirchner reasumió en el Chaco la conducción del Partido Justicialista rodeado por Gobernadores e Intendentes a los que éste modelo, y no otro, les permite cotidianamente realizar obras públicas y mejorar la calidad de los servicios que ofrecen a sus habitantes. Acompañado también por el Secretario General de la CGT, expresión de un sindicalismo peronista que enfrentó la década neoliberal, que hoy apuesta al mercado interno, al trabajo en blanco, al crecimiento del salario en paritarias y, obviamente se beneficia con ello junto a los trabajadores que representan.
Un día después el Club Ferrocarril Oeste lo mostró compartiendo un acto junto a decenas de miles de militantes sociales de aquellos movimientos que, conocidos en lo peor de la crisis como piqueteros que organizaron al pueblo que había sido arrojado a la calle, al cartoneo, al hambre, hoy motorizan las cooperativas en las que se recupera la dignidad del trabajo. Dirigentes sociales y también sindicales que desde la CTA acompañan este proyecto.
Al tercer día en Plaza de Mayo se dieron cita 15.000 autoconvocados a defender el Gobierno. Convocatoria espontánea desde la red social de Internet de 6,7,8, un programa de la TV Pública donde se confronta la información con su manipulación, donde se debate y explícitamente se emite opinión. Clase media de Capital Federal y el Gran Buenos Aires que simbolizó en la presencia y la palabra de Milagro Sala porqué esta ahí presente. Profesionales, oficinistas, intelectuales, artistas, pequeños empresarios, estudiantes. Gente que no se importa sólo a sí misma. Gente que sabe que la inseguridad se combate en primer lugar erradicando la miseria, la frivolidad y la ostentación. Gente que empieza o vuelve a creer que otro país, otro mundo mejor es posible y está dispuesta a hacerlos realidad.
Así que entonces, y por si esto fuera poco lo realizado, está bien que unos se preocupen y otros se esperancen. De eso se trata la política. “Como resonó otro día de este marzo, el 24, cargado con la misma masiva emoción de estar juntos por memoria, verdad y justicia, pero esta vez además con la alegre semilla joven de saber que no nos han vencido. Y vamos por más.”

Miradas del Sur 4 de abril de 2010



CUMPLIR ES IR POR MÁS


Tiempo de Bicentenario, tiempo de visiones y balances para atrás y para delante de mediano y largo plazo.
Al menos desde que impera el sufragio universal se puede decir que hubo sólo dos gobiernos que cumplieron con creces lo prometido en la campaña electoral: el primer gobierno de Perón 1946 - 1952 y el de Kirchner 2003 – 2007.
Y sólo uno que además de cumplir lo prometido (en este caso “profundizar el cambio”) ante la dificultad, el acoso o el “clima destituyente”, reaccionó, no con complacencia ante los factores del poder establecido, sino con más distribución, mas inclusión, más desafíos, más cambios, más intervención del Estado y los poderes públicos, más debate de fondo. Tal el gobierno de Cristina Fernandez. Repasemos datos históricos, medidas concretas y no meros discursos. A tres meses de comenzada su gestión estalla el conflicto por la resolución 125, con su secuela de escalada en la opinión pública bajo la influencia de los medios de prensa concentrados. Simultáneamente estalla la crisis mundial de la burbuja financiera globalizada. La respuesta del gobierno frente a un mundo en “crisis de nervios” fue romper (en octubre del 2008) la otra medida estructural, junto a las privatizaciones salvajes del neoliberalismo de los 90, reestatizando las AFJP (y valdría la pena recordar sino lo planteaban de éste modo muchos políticos y economistas que hoy siguen criticando por “izquierda” el gobierno). Esta decisión fundamental permitió enfrentar mejor la crisis global que aún así se sintió, mientras la ofensiva mediática opositora se afilaba los dientes. En ese contexto la Presidenta lanzó la discusión pública de la propuesta de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, junto a su envío al Congreso en marzo de 2009. El clima político siguió siendo desfavorable y sobrevino la derrota en provincia de Buenos Aires en junio de 2009.
Al borde del knock out según los opositores el gobierno logra la sanción de la Ley de Medios en octubre 2009 y va por más con la Asignación Universal por Hijo.
El escenario político vuelve complicarse el 10 de diciembre de 2009 con el recambio legislativo, el paso de mayoría legislativa a primera minoría y la conformación de una oposición que mezclando “chicha con limonada”, obtiene mayorías parlamentarias circunstanciales.
El gobierno primero continúa con la racionalidad típica de la gestión de Néstor Kirchner y propone la creación del Fondo del Bicentenario para hacer uso de las acrecentadas reservas del Banco Central de la República Argentina en función del pago de deuda externa, liberando fondos presupuestarios con finalidad productiva y social.
Emerge la comedia Redrado y se repite la tragicomedia Cobos, con abundante salsa multimediática. Y nuevamente la Presidenta responde yendo por más al designar a la indiscutible Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central de la República Argentina.
No es un “estilo”. Son decisiones estructurales acompañadas por innumerables políticas públicas que van, y no es casualidad, en el mismo sentido, pues el estilo y las formas también importan en política para estimular consensos y adhesiones que excedan la “tropa propia”. No hay que ir muy lejos para buscar por donde. Ahí estuvieron los festejos centrales del Paseo del Bicentenario con su importancia simbólica fundamental preanunciado por el quiebre en las palabras y las lágrimas emocionadas de la Presidenta al inaugurar la celebraciones. Fue porque le tocó a ella el Bicentenario de la Patria. Sin un gramo de concesión ideológica. Rodeada de Presidentes Latinoamericanos. Con ejes temáticos claros: educación, trabajo, ciencia y tecnología, cultura, derechos humanos y ambiente. Con presencia multiétnica y federal. Conectando con el subsuelo de la Patria y también con sus alas. Sin agresiones, sin “tachín tachín”, o en innecesario autobombo, decenas de millones de argentinos recuperamos autoestima y sentido de pertenencia nacional. Algo bueno, de calidad y para todos se parece mucho a lo que soñamos como país.
En la historia argentina muchas veces a la inteligencia le faltó coraje. Otras veces al coraje le faltó inteligencia. Ese desencuentro nos costó mucho dolor individual y colectivo. Es tiempo de que los hechos y las palabras se conjuguen. Es tiempo de que al proyecto nacional y popular le alcance el tiempo para terminar de hacerse una realidad plena. Ahí sí que siga la fiesta. Y con cuanta alegría.

Diario El Argentino 9 de junio de 2010



LA APASIONANTE COMPLEJIDAD DE LO SIMPLE EN EL BICENTENARIO


Para complicar aun mas la “normalidad” argentina, ora apasionante y compleja, ora gris y simple, la actual coyuntura lo es todo al mismo tiempo. Tal vez se trate de un logro identitario en el Bicentenario. Es posible. Tal vez por eso para cada ciudadano sea distinto lo que cabe y cae en cada casillero: complejo, simple, apasionante, gris.
Veámoslo en expresiones de dos argentinos paradigmáticos cada uno a su modo.
“…las ordenes contra la guerra civil revolucionaria en entorno troskista provenían de la Junta Militar…” “…La guerra revolucionaria total que vivimos hasta 1983 hoy puede reactivarse en un entorno gramsciano…” ( extraìdo de la declaración indagatoria del ex Capital Jorge “Tigre” Acosta ante el Tribunal Oral Federal 5, el 18 de marzo de éste año).
ha surgido un nuevo gorilismo en la era de los K que consiste en rechazar todo lo que hace éste gobierno por considerarlo contaminado y sospechoso. Se trata de un odio irracional, que no se toma el trabajo de analizar cada medida en particular ni de comparar honestamente a esta administración con las anteriores”.
“… Porque la clase media argentina - a diferencia de las clases medias de otros países donde he vivido, como Gran Bretaña o Estados Unidos- es muy ostentosa y sólo se solidariza con las clases más bajas cuando le va mal. ¿Te acordás cuando, en 2001, golpeaban cacerolas?... pero esa alianza se rompe cuando las franjas medias empiezan a mejorar…”
“… Habría que recalcar que existe otro sector de la clase media, en la educación, en los deportes o en las ciencias, que está mas volcado a la cultura y que no necesita consumir tanto”.
Como socialista, observé el surgimiento de este gobierno con escepticismo, pero poco después me sorprendió empezar a tener cierta esperanza. Por ejemplo, cuando se reabrieron los juicios a los militares, que ya nadie pedía; cuando tranquilizaron el desborde social sin matar a nadie y, sobre todo, cuando rompieron el discurso único en el manejo de la economía y dejamos de tener un monitoreo constante sobre nuestros asuntos.” (Los Kirchner son) “la máxima izquierda que puede tolerar la sociedad argentina” ( extraìdo de un reportaje a Guillermo Martinez, matemático y escritor, publicado en La Nación el miércoles 14 de abril de 2010)
Un impensado aliado, en un medio adversario del gobierno, enuncia alguno de los problemas.
Un represor, enemigo declarado, plantea (para él como temor y advertencia) lo que para nosotros son las vías de una posible estrategia: afrontar la complejidad, construir sentido común, disputar desde el apoyo de los sectores populares y sus intereses, el terreno cambiante de los sectores medios que suelen inclinar la balanza electoral.
Es que la decisión del gobierno de salir “ por izquierda” de la derrota del 28 de junio de 2009 asimiló la política argentina al fútbol según Dante Panzeri “la dinámica de lo impensado”, con una fluidez que ni el “imperio de lo efímero” (mediático) alcanza a abarcar. Tal vez porque se trata de cuestiones que exceden la moda y lo coyuntural, penetrando en la estructura de nuestra sociedad y condicionando de ese modo el “juego” de su superestructura política.
Es interesante y apasionante porque todos, peronistas, radicales, frepasistas, socialistas desarrollistas, neoliberales, sindicalistas, consultores, dueños multimediaticos, etc., tenemos que releer nuestros “manuales” y, eventualmente, tirarlos a la basura. Sobre todo porque los manuales suelen ser una introducción simple a lo complejo. Y en la Argentina de hoy el camino es inverso.
Es que la sanción de la Ley de Medios y la Asignación Universal por Hijo, agregados como medidas estructurales a la reestatización de las AFJP completan en el Gobierno de Cristina Fernández lo que había comenzado Nestor Kirchner en materia económica, social y laboral, en la renovación de la corte Suprema y la política de DDHH en lo institucional.
Se elevaron los pisos, se multiplicaron los actores y las voces, se potenció a los débiles, se agudizaron las resistencias. Hay una polarización en ciernes fundada cada vez más en intereses que tienden a expresarse complejamente en los cuatro poderes (los tres constitucionales y el otro).
Repasemos un poco: ¿alguien puede tener certeza respecto a cual será el posicionamiento de la Corte Suprema de Justicia en los temas relevantes que llegan a su tratamiento?. ¿Existe allí hoy una unívoca tendencia “oficialista”? De ahí para abajo, ¿acaso es todo previsible en sus diferentes instancias, fueros y jurisdicciones?.
El Estado sobre el que se asienta el Poder Ejecutivo para gobernar (a nivel nacional, provincial y municipal) vive a su vez una tensión estructural que lo recorre en la medida que recupera funciones que había perdido o asume nuevas para lo cual, naturalmente, no estaba preparado, registrando rémoras de arbitrariedad e ineficiencia cuando no de corrupción.
El Parlamento ya no es el denominado por algunos “escribanía del ejecutivo”, tampoco la asamblea legislativa que eligió cinco presidentes en una semana en diciembre 2001/ enero 2002 hace menos de una década. Hay debates de fondo y de procedimiento, alineamientos tácticos y estratégicos según la ocasión y el tema, figuraciones y prefiguración para la instancia electoral por venir.
Ni hablar de las relaciones entre los poderes del Estado. ¿Es conservación del orden establecido o es el desorden que acompaña todo cambio lo que rige el debate y el conflicto en torno a lo que es decretable, legislable, judicializable, desde los juicios a los crímenes de Lesa Humanidad hasta el matrimonio homosexual, desde el saneamiento de la Cuenca Matanza Riachuelo hasta la movilidad previsional, pasando por el despido y nombramiento de la máxima autoridad del Banco Central.
Párrafo aparte merece el cuarto poder, el mediático, erigido por cuasimonopólico, en un supra-poder en nuestro país que excede el rol predominante que ha adquirido en el mundo, producto del default de la política tradicional y sus formas tanto como del impacto de las nuevas tecnologías con la omnipresencia de la comunicación de masas en la vida cotidiana de las sociedades y de ahí en la construcción de opinión pública.
La Ley de Medios en esta esfera ha significado, sin su aplicación fáctica todavía, tan sólo con su instalación como debate, (junto al avance indiscutible en la calidad del Sistema Nacional de Medios), una complejización del juego alterando la habitual pleitesía de los sujetos con vocación de poder a sus reglas, sus límites, su capacidad de condicionamiento y su catequización posmoderna sobre los incautos consumidores (casi todos nosotros) de su emisión gráfica o audiovisual.
En paralelo, y lentamente por supuesto, avanza la reparación del tejido social producto del crecimiento económico, en parte pero además por la inclusión en materia previsional, y la ya citada asignación a la niñez. Es un ejemplo, en materia social, de cómo lo extremadamente fragmentado y por tanto complejo (tener o no empleo, formal o informal, con o sin asignación familiar, lo mismo en materia jubilatoria, “planes sociales focalizados”, etc.) se va “simplificando” hacia arriba en la pugna por la distribución de ingresos: paritarias, movilidad previsional, actualización de la Asignación Universal por Hijo, por un lado, así como el nivel de retenciones o el uso de reservas del Banco Central por otro. Entre tanto va aumentando la matricula y la retención escolar en los sectores populares mientras se multiplica el consumo en esparcimiento o bienes suntuarios de los sectores medios y altos.
Hasta la disputa/alianza político territorial de los movimientos sociales con los Intendentes del Conurbano, otrora encarnado en el manejo de Planes Sociales Individuales para desocupados, hoy se expresa en la incipiente creación (y control) de cooperativas de trabajo. Diferencias cuantitativas pero también cualitativas, separan uno y otro modelo de inclusión.
Así las cosas, uno podría preguntarse donde está lo simple y gris en este escenario. Para el autor de estas líneas decir simple o gris no tiene un carácter peyorativo. Un poco más o un poco menos de cloacas, agua potable, rutas, otras obras, aumentos salariales, previsionales o a la niñez son mero incrementalismo, aunque impacte en la vida de las personas de carne y hueso. Es el gris de una democracia que se consolida por resultados y que asume el desafío de plantearse en esos términos la alternancia en el poder. ¿Cuánto duraría un nuevo gobierno que reprivatizara sin ton ni son, que eliminara la Asignación Universal por Hijo, o que planteara una maxi devaluación, por ejemplo?.
Esto es así, un poco gris (¡valga la paradoja!) porque tiende a simplificarse el esquema de opciones.
Vamos, como hemos podido (no siempre como hubiésemos querido) hacia un sistema político que tiende a galvanizar por centro izquierda y centro derecha. Opciones que no se definen por el mero discurso o el currículum vitae de los protagonistas sino por acciones de gobierno, composición social y relatos en gestación compatibles con la realidad.
Porque estamos mejor, esa realidad se ha vuelto más exigente. Para todos. La política como arte de lo posible, enfatiza hoy el arte (como creación) frente a lo posible (como restricción). Vienen tiempos dilemáticos sin la facilitación o el atajo que permiten los fuertes liderazgos carismáticos. Construir fuerza política, racionalidad y sentido común será, por lo tanto, una tarea de príncipes, en el sentido maquiavélico y gramsciano. Y valdrá tanto para enfrentar a los grupos oligopólicos formadores de los precios que hoy aumentan como para alcanzar la mayoría electoral que permita darle continuidad en el 2011 a un proyecto nacional y popular que aún tiene mucha tarea pendiente.

Revista Umbrales de América del Sur mayo – julio 2010